Con esta página iniciamos la difusión a gran escala de una serie de trabajos y documentos poco o nada conocidos y directamente relacionados con el Marquesado de Moya. Pretendemos, es preciso decirlo, dos objetivos primordiales:
- Dar a conocer una historiografía insuficiente y dispersa, de variada calidad y a duras penas conocida.
- Proclamar e inculcar la imperiosa necesidad de recuperar el patrimonio histórico en sus dos aspectos básicos: monumental y documental.
Este es a grandes rasgos nuestro plan de acción, de un modo u otro explicitado en el libro que reúne la más importante carga de información sobre Moya que se ha publicado hasta la fecha, no obstante sus carencias y desequilibrios evidentes. Hablamos, claro de Moya Estudios y Documentos I; VV.AA., Cuenca, Diputación, 1996. Allí manifestábamos la necesidad de introducir a Moya en el circuito historiográfico habitual. A la vista de los resultados, es pronto para pretender haberlo conseguido, pero sí podemos decir que a raíz de aquella publicación y de aquellas palabras, diversos y conocidos profesionales de la historia nos han manifestado su agradecimiento por el trabajo de síntesis realizado, y la ayuda prestada en diferentes aspectos. Como el libro está agotado, remitimos para su consulta a las bibliotecas de la zona y a las universitarias de Barcelona y Valencia. Hay también un ejemplar en la Sala de Bibliografía de la Biblioteca Nacional de Madrid, amén de otras instituciones estatales y provinciales.
Nace esta página dispuesta a convertirse en vehículo divulgador, dinámico y abierto, pues, lejos de adoptar el molesto papel de cátedra del saber moyano, pretende abrir nuevos caminos a la investigación en todas las facetas de la cultura, palabra que no nos atrevemos a definir aunque su rico y plural significado está, de una u otra forma, en la mente de todos. En consecuencia, proponemos un espacio en perenne construcción y cambiante por naturaleza, o, si se prefiere, un manuscrito inacabado en constante proceso de redacción. Además, esto que ahora publicamos representa sólo una parte, y menor, de todo cuanto ha de aparecer.
Pero un trabajo serio de divulgación exige inevitablemente poner en su lugar los variados mitos que, alegremente propagados por cronistas de todo pelaje, se han ido almacenando en la memoria de un pueblo escasamente instruido a causa de penurias económicas y culturales que han devenido históricas. Hablamos de creencias inverosímiles, como la leyenda de Alvaro Mariño/de las Mariñas, ligada al muy novelesco e improbable pasado musulmán de la villa que, paradójicamente, algunos aguafiestas pretenden minimizar a cambio de cimentar la vetusta nobleza de la patria moyana al establecer su primera reconquista en el temprano, califal y todavía carolingio s. IX, hermosa falacia últimamente desmentida impecablemente por D. Juan Pitarque Ferré (Boletín MOYA, Enero de 1996); o el apasionante culebrón de las relaciones de Beatriz de Bobadilla con Cristóbal Colón , que, iniciado por el cronista Pinel y Monroy, acaba siendo lugar común de historias de mayor fuste, al ser admitido sin prueba alguna por varias de las mejores plumas de la historiografía colombina, amen de los cronistas locales, siempre bien dispuestos a conquistar parcelas de gloria para su patria en singular guerra santa contra el olvido de la Historia. De estas y otras anécdotas daremos cuenta en su momento, si disponemos del tiempo necesario. Una de las causas de generación de los mitos, y de las más comunes entre los amanuenses locales, es el candoroso patriotismo histórico, que convierte a la tierra propia en heroica singularidad. Ejemplo reciente es el por otra parte erudito libro de Niceto Hinarejos (1998), donde trata de identificar a toda costa a su Alcalá de la Vega natal con la legendaria Serrella, lo que, sin ánimo de polémica, es bastante improbable. Véase en esta misma publicación el excelente trabajo de Mombiedro y de León. En general, no procede marear la perdiz de la historicidad de los mitos, sino establecer su naturaleza y las circunstancias de su origen, tarea que deviene siempre ejercicio apasionante. Sólo a modo de ejemplo: no importa tanto la exégesis hagiográfica como la sociología y antropología religiosas, que ayudan a entender el objeto supremo de la Historia, el ser humano, a través de las formas sociales o gregarias de la vida religiosa. Nuestras mentiras colectivas, que en el terreno espiritual se llaman creencias, son también datos de la ciencia positiva.
Hay que decir que desde la aparición de Moya I se ha visto enormemente dificultada la general sensación de impunidad que, con algunas excepciones, alardeaban los escasos y chocantes ejercicios de redacción histórica de talante localista, publicados más como prueba testimonial del esfuerzo de unos pocos escribidores, que para ser leídos con aprovechamiento. Incluso, en algunos casos, el efecto cultural y formativo fue contraproducente debido a ciertos excesos de erudición postiza, y a la total ausencia de crítica en el tratamiento de unas pocas fuentes, mal y torpemente conocidas, y nulamente contrastadas. Al respecto, queremos denunciar aquí un error cometido por nosotros en la interpretación de una de ellas, cuyas consecuencias pueden catalogarse de graves o, cuando menos, de embarazosas. Al comentar en Moya I la fiesta de La Marquesina Teresa Antonia Josefa (pág. 269), dábamos por supuesta la existencia de un segundo palacio marquesal, situado en la plaza cuadrada de la Villa. Repetíamos tal suposición en un trabajo por entregas llamado Las Fiestas de Moya, publicado en El Día de Cuenca a lo largo del mes de agosto de 1998. Tal afirmación nuestra constituye, sin duda, una ligereza imperdonable. Hay que aclarar que a la sazón manejábamos exclusivamente un resumen más o menos detallado del manuscrito original publicado en 1915 por el Duque de Alba en su libro Noticias históricas y genealógicas de los estados de Montijo y Teba, según los documentos de sus archivos. Allí, el culto heredero del título, que probablemente no conocía la villa solariega, se limitaba a trasladar las particularidades de la fiesta vertidas en un relato que por desgracia no hace descripción del espacio urbano en forma suficientemente reconocible, entre otros motivos, porque la Moya de 1628 difería enormemente de la que podemos colegir de las ruinas de ahora, y porque el cronista, un cura de Zaragoza llamado Constante Félix, muy preocupado por proclamar la magnificencia señorial y festiva de los Cabrera y Bobadilla, se ceba en los actos y en la arquitectura efímera del evento a costa de silenciar el incomparable marco físico habitual de la urbe, como era normal en este tipo de relatos, del que pueden encontrarse bastantes ejemplos en el clásico de Alenda y Mira Relaciones de solemnidades y fiestas públicas de España, del año 1903, entre otras fuentes. Bien: hoy disponemos de ese documento, o mejor dicho, de una buena copia del manuscrito original, que se conserva en el Archivo de la Casa de Alba, y de su estudio, que en su momento esperamos dar a conocer, no se deduce la existencia de tal edificio, y mucho menos en la plaza cuadrada, única existente en la actualidad de las varias que poseía la villa en aquel tiempo. No merece la pena entrar ahora en los detalles de la inferencia, o, para ser exactos, de la falta de inferencia. No obstante -y ahora volvemos a las consecuencias de semejante error nuestro-, en una reciente visita a la Villa, encontramos a los miembros de un equipo de trabajo de la Politécnica de Valencia que, invitados por un miembro relevante de la Asociación Amigos de Moya, estaban enzarzados en la topografía de la zona con el propósito de encontrar las trazas materiales del palacio en cuestión, recurriendo incluso al moderno, sofisticado y costoso sistema del georadar. Nada más descabellado, si lo que se pretende es, exclusivamente, dar con el palacio de los Marqueses de Moya, que, basándose en el documento citado no menos que en otros elementos documentales y arqueológicos que conocemos, no puede estar situado más que en los aledaños del torreón, al Oriente bravío de la urbe moyana. Hay que decir que, de todos modos, la zona investigada tiene un enorme interés arqueológico por otros motivos. En su momento abordaremos estas cuestiones con más detalle, pero ahora nos limitaremos a subrayar la necesidad del estudio científico de las fuentes. Vaya esta norma, al menos, para quien aconsejó semejante prospectiva, suponemos que confiando alegremente en los términos del resumen del Duque de Berwick y de Alba, o bien en los nuestros, sin una comprobación previa del relato.
A medida que el tiempo y nuestras posibilidades lo permitan, iremos introduciendo aquí diferentes trabajos, ya publicados o en proceso de revisión, como nuestra bibliografía comentada Cuatro Cosas de Moya (Moya I, págs. 195/368), que, como todo catálogo bibliográfico, precisa importantes rectificaciones, adiciones y reescrituras desde su primera publicación, y esperamos que todos ellos sean constante y metódicamente sometidos por el lector al reestudio y la duda sistemática, los más potentes motores del saber. Las compensaciones son inmensas, como puede comprobar cualquiera que consulte lo poco de Moya que hay escrito, empezando por los trabajos del grupo de magníficos historiadores y arqueólogos que nos acompañó en Moya I, a los que siempre estaremos inmensamente agradecidos, con Yasmina Álvarez a la cabeza, y el equipo de documentalistas de Asunción Limpo, entre otros, además de Edward Cooper y Sara T. Nalle. El citado libro fue la respuesta necesaria a una realidad secular de desconocimiento generalizado de la historia del Marquesado. No olvidamos los trabajos de la revista MOYA, de muy variada condición, lo que hace difícil recomendarlos en su totalidad. Cuenta el boletín de los Amigos de Moya, no obstante, con rancias plumas de la diócesis que le dan un cierto aire de cátedra sentimental, como Romero Sáiz, Martínez Ortíz, Muñoz, Cordente, Rica, Muelas y nuestro admirado Pedro Soriano, con otras no menos interesantes, como López de Atalaya, Martínez García, R. Sánchez, Benedicto Sacristán, Pérez de la Sierra, Sánchez Martínez, Hinarejos y Pitarque Ferré, que soportan el inestable peso intelectual de la gaceta. Merece la pena decir unas palabras de Pitarque: es muy probable que las enigmáticas preguntas que se hace en sus escritos casi todos de talante especulativo- tengan su respuesta mimetizada entre los
mitos medievales de Moya
, y él parece saberlo. Uno siente con frecuencia la hermosa tentación de penetrar en el laberinto de la Historia con la única guía de las leyendas, que, más allá de su carácter novelesco y parafernalia heróica, poseen también el rotundo lenguaje pictográfico de los ancestros. El problema reside, sin duda, en encontrar la semiótica y las claves interpretativas; en domeñar la sintaxis y la variada cohorte de sinónimos del simbolismo épico, nada más, y nada menos. Popper cree que la ciencia debe comenzar con la crítica de los mitos, y toda su filosofía, fundamentalmente dirigida al procedimiento científico, planea grácilmente sobre los métodos de falsación de la Historia como gaviota suspendida en el aire. En su opinión, los datos empíricos sirven para refutar las hipótesis, no para crearlas. Mas, para nosotros, carentes de hipótesis globales que defender, una cosa es segura: sólo recorriendo los polvorientos caminos de la Historia podremos llegar a conocer mejor nuestros mitos, y por ende, a nosotros mismos. ¡Documentos!. Necesitamos mensajes del pasado, aunque sean equívocos o desconcertantes. Las hipótesis vendrán luego, antes, o después, cualquiera que sea su amplitud y naturaleza, y el voluntarioso cronista de Boniches es, por ahora, incomparable -e infatigable- conocedor de los documentos medievales de Moya, en especial aquellos del Archivo de la Corona de Aragón. De su magna recopilación habría de partir cualquier intento serio de archivística, punto de arranque inevitable de la historiografía nuestra, toda vez que fue ignorado por la "cultureta local" un modesto proyecto de Centro de Documentación que elaboramos en 1993, muy bien acogido en su momento por la administración provincial y municipal Diputación de Cuenca, ayuntamientos de Moya y de Landete- del que también damos cuenta en Moya I (pág. 320), y que sigue a disposición de todo el que esté interesado en recuperar y racionalizar la documentación histórica, y en catalizar la investigación. Y en cuanto a los escritos de D. Teodoro Sáez, espíritu, líder e indiscutible dinamizador de la Asociación Amigos de Moya, pues lo de siempre: que junto a pliegos de indudable valor divulgativo intercala páginas francamente dignas de crítica por su falta de criterio en la discriminación y tratamiento de las fuentes y otros errores de método que provienen, en gran medida, de su no disimulado patriotismo cultural muy a tono con su condición de amanuense, y de su falta de humildad ante la naturaleza evanescente del conocimiento: nunca llegaremos a comprender la realidad histórica en los términos de certeza que emplean Sáez e Hinarejos. A lo sumo, tendremos una versión proyectada en el fondo de la caverna, lo que no es poco. Sólo sé que no sé nada. Es más, uno de los más bellos atributos de las ciencias humanas en comparación con las exactas es, precisamente, su altísimo contenido especulativo, aunque la Filosofía Natural goza también, en el orden epistemológico, de ingente masa de incertidumbres. Sólo el Papa posee la certeza absoluta. No está de más, por otra parte, cierta dosis de autoestima folclórica que nosotros confesamos no poseer, aunque también podemos equivocarnos, claro.
Los trabajos más granados del Boletín han aparecido recientemente en un recopilatorio que, leído con prudencia, podría constituir guía y programa de mano para visitantes no iniciados. Se trata del libro MOYA, su historia, sus tierras, sus hombres, sus tradiciones. Recomendamos su lectura, aunque, si nos hubieran pedido nuestra opinión, habríamos sugerido la revisión de algunas hipótesis ya muy desprestigiadas, naturalmente.
Hay que añadir que en los últimos años hemos ido descubriendo -o teniendo noticia de- varios impresos y documentos cuya edición sería muy necesaria y, en algunos casos, clama al cielo por su importancia capital. Queremos adelantar, no obstante, que somos absolutamente reacios a publicar en soporte electrónico nada que no haya sido conocido en papel con anterioridad, aunque la posibilidad de nuevas ediciones no depende sólo de nosotros.
De igual manera que el libro citado se concibió como articulación histórica del conjunto de pueblos y lugares de Moya, esta publicación pretende reunir a toda la tribu moyana, creando patria en el mejor sentido cultural de la expresión, pues trata de compaginar una serie de elementos que conforman su identidad, como la de todos los pueblos: lingüísticos, antropológicos, etnológicos, históricos en general y otros de difícil expresión que, en su conjunto, definen la naturaleza nuestra, cualquiera que sea su forma de manifestarse. Pero, aunque el núcleo de la Tierra de Moya constituye entidad bien definida desde tiempo inmemorial, la periferia territorial y jurisdiccional ha sufrido algunas variaciones de diversa consideración a lo largo de los siglos. En otro momento analizaremos, si disponemos del tiempo necesario, esos cambios del solar moyano, derivados, no ya de las contingencias históricas y administrativas comunes a toda castellanía, sino de su especial condición de adelantada fronteriza, no pocas veces expuesta a los vientos cambiantes de la guerra, a las veleidades de la corona y al capricho de señores, secularmente enfrentados al particular encono de nuestros antepasados por mantener los privilegios derivados de su condición de realengo. Dª Yasmina Álvarez Delgado aborda el tema en su vertiente bajomedieval. Por ahora, remitimos al Mapa Histórico que ha confeccionado Guillermo de León, en el apartado de CARTOGRAFÍA. ¡Ea, entremos en materia!.